De Oración
Salmos bíblicos · 13 oraciones publicadas

Salmos de la Biblia

El Salterio es el libro de oración por excelencia de la Iglesia: 150 poemas sagrados que Israel recitaba en el Templo y que la liturgia cristiana sigue cantando cada día. Aquí, los salmos más rezados por los católicos: texto completo, tradición de uso, fuentes y audio narrado.

Salmo 91

«El que habita al amparo del Altísimo»: el Salmo 91 es el gran canto bíblico de la confianza en la protección de Dios. Dieciséis versículos que la Iglesia reza cada noche en Completas — el mismo texto que Satanás citó a Jesús en el desierto y que millones de fieles repiten hoy para pedir amparo.

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Salmo 23: El Señor es mi pastor

El Salmo 23 es el más conocido de los 150 salmos bíblicos y uno de los textos más rezados de toda la historia de la humanidad. En seis versículos, David pinta dos imágenes perfectas: el Señor como pastor que guía y el Señor como anfitrión que protege.

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Salmo 51: Miserere

El Salmo 51, llamado Miserere por su primera palabra en latín, es el gran salmo penitencial de la Biblia. Lo escribió David tras la confrontación del profeta Natán, y en sus veintiún versículos condensa toda la teología del arrepentimiento: el reconocimiento del error, la petición de un corazón nuevo y la certeza de que Dios no rechaza al que se humilla.

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Salmo 121

«Levanto los ojos a los montes»: el Salmo 121 es el más breve y el más certero de los quince Cánticos de las Subidas que los peregrinos hebreos cantaban al ascender a Jerusalén. Ocho versículos que responden una sola pregunta, ¿de dónde me viene el auxilio?, con una sola respuesta: del Señor que no duerme ni dormita, que guarda la ida y la vuelta, ahora y siempre.

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Salmo 27

«El Señor es mi luz y mi salvación»: la frase que abre el Salmo 27 es una de las más citadas del Salterio y una de las más breves en formular la esencia de la fe bíblica. Catorce versículos que recorren la distancia entre la confianza plena del que no teme a ningún ejército y la súplica temblorosa del que implora que Dios no esconda su rostro.

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Salmo 1

«Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos»: el Salmo 1 no es solo el primero del Salterio por orden numérico. Es su umbral deliberado, su declaración de intenciones. Dieciocho versículos divididos en tres estrofas presentan las dos grandes opciones de la vida humana: el camino del justo, arraigado en la Ley del Señor como árbol junto al agua, y el camino del impío, ligero y sin raíces como la paja que el viento arrastra.

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Salmo 4

«Me acuesto, me duermo y me despierto, porque el Señor me sostiene»: el Salmo 4 es la oración de la noche por excelencia del Salterio. Nueve versículos que recorren el camino desde la angustia inicial, que invoca a Dios en el aprieto, hasta la serenidad del versículo final, que puede dormir en paz porque sabe en quién confía.

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Salmo 103

«Bendice, alma mía, al Señor»: el Salmo 103 es el gran himno de acción de gracias por la misericordia de Dios en el Antiguo Testamento. Ningún otro salmo ha formulado con tanta precisión la distancia entre el pecado y el perdón, la fragilidad de lo humano y la permanencia de la ternura divina. El versículo central, «como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor la siente por los que le temen», ha sido la fórmula preferida de la tradición cristiana para hablar de la paternidad de Dios.

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Salmo 139

«Señor, tú me sondeas y me conoces»: el Salmo 139 es el gran poema de la omnisciencia y la omnipresencia divina en el Antiguo Testamento. No hay en el Salterio otro texto que explore con tanta profundidad el hecho de que Dios conoce al ser humano desde dentro, antes de que exista, en todos los rincones del universo donde pudiera esconderse. Es, también, uno de los textos más citados en el debate contemporáneo sobre la dignidad de la vida humana desde la concepción.

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Salmo 46

«Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza»: el Salmo 46 es uno de los más breves del Salterio y uno de los más poderosos. Once versículos que describen el caos del mundo, las naciones en guerra, los montes que se hunden en el mar, y en medio de todo eso una certeza que no se mueve: Dios es la alcázar que no cae. El estribillo que lo recorre, «el Señor de los ejércitos está con nosotros», ha sostenido a creyentes en crisis desde el exilio babilónico hasta hoy.

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Salmo 8

«Qué admirable es tu nombre en toda la tierra»: el Salmo 8 es el único himno puro del primer libro del Salterio, un texto sin petición ni lamento que solo contempla y alaba. Diez versículos que recorren el arco completo de la creación, del cielo estrellado a los peces del mar, deteniéndose en el centro para formular la pregunta que ninguna otra cultura antigua se planteó con esta radicalidad: ¿por qué ocupa el ser humano, tan pequeño ante el cosmos, el lugar más alto de la creación visible?

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Salmo 16

«El Señor es el lote de mi herencia y mi copa»: el Salmo 16 es uno de los salmos de confianza más perfectos del Salterio. Once versículos donde el orante no pide nada concreto, no describe ningún peligro específico, no cuenta ninguna hazaña divina pasada. Solo declara que Dios es su bien, su herencia, su consejero nocturno, y la razón por la que puede dormir sereno. El apóstol Pedro citó el versículo 10 en el discurso de Pentecostés como profecía directa de la Resurrección de Cristo.

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Salmo 22

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»: las primeras palabras de Jesús en la Cruz son las primeras palabras del Salmo 22. No es una cita accidental: Jesús ora el salmo completo desde la cruz, y en ese salmo están descritos con siglos de anticipación los detalles de su Pasión, desde los que dividen su ropa hasta los que se burlan de él. Es el gran salmo mesiánico del sufrimiento que termina en alabanza universal.

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