Salmo 8
«Qué admirable es tu nombre en toda la tierra»: el Salmo 8 es el único himno puro del primer libro del Salterio, un texto sin petición ni lamento que solo contempla y alaba. Diez versículos que recorren el arco completo de la creación, del cielo estrellado a los peces del mar, deteniéndose en el centro para formular la pregunta que ninguna otra cultura antigua se planteó con esta radicalidad: ¿por qué ocupa el ser humano, tan pequeño ante el cosmos, el lugar más alto de la creación visible?
Libro de los Salmos · versión litúrgica (Liturgia de las Horas). El único himno puro del primer libro del Salterio; citado en Hebreos 2 como salmo mesiánico.
Señor, dueño nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra.
Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él;
el ser humano, para darle poder?
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies:
rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por las aguas.
Señor, dueño nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra.
El único himno cósmico del primer libro del Salterio
El primer libro del Salterio (Salmos 1-41) está dominado por los salmos de lamento, súplica y confianza atribuidos a David. El Salmo 8 es la excepción: el único himno puro del libro, sin petición, sin queja, sin mención de enemigos ni de peligros. Su tono es el del asombro continuado. La misma exclamación que lo abre, «qué admirable es tu nombre», lo cierra en el versículo 10 en una inclusión perfecta. Entre esas dos exclamaciones cabe toda la creación.
El salmo tiene una estructura en espejo: comienza contemplando el cielo y los astros (vv.4-5), baja hasta el ser humano (vv.5-6), y desde el ser humano baja hasta los animales y el mar (vv.7-9), para terminar volviendo a la exclamación inicial. Esta arquitectura no es casual: coloca al ser humano en el centro, entre el cielo y la tierra, como el punto de articulación de la creación visible.
La pregunta del versículo 5 («¿qué es el hombre para que te acuerdes de él; el ser humano, para darle poder?») usa dos palabras hebreas distintas: enosh (el mortal, lo caduco) para «el hombre» y ben adam (hijo de Adán, la especie) para «el ser humano». La alternancia es deliberada: el salmista describe al ser humano con los términos que subrayan su fragilidad, y luego afirma que ese ser frágil recibe de Dios un poder que supera su condición natural. La paradoja es el corazón del salmo.
«Lo hiciste poco inferior a los ángeles»: la dignidad humana en el Antiguo Testamento
El versículo 6 del Salmo 8 es uno de los más debatidos de todo el Antiguo Testamento: «Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad». La palabra hebrea que la traducción española vierte como «ángeles» es elohim, el término genérico para «Dios» o «seres divinos». Algunas traducciones dicen «poco inferior a Dios»; la Septuaginta griega eligió «ángeles» (angelous), y esta versión es la que recogió el Nuevo Testamento en la carta a los Hebreos.
En cualquier caso, la afirmación es extraordinaria en el contexto del mundo antiguo. Las cosmologías mesopotámicas situaban al ser humano como esclavo de los dioses, creado para hacer su trabajo. El Salmo 8, siguiendo la teología del Génesis (el ser humano creado «a imagen y semejanza de Dios»), afirma que el ser humano ocupa el lugar más alto de la creación visible y recibe de Dios la misión de gobernarla: «le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies».
Este «dominio» sobre la creación ha sido objeto de interpretaciones muy distintas a lo largo de la historia. La lectura más frecuente en el mundo contemporáneo es la de la corresponsabilidad: el ser humano no domina la creación como un dueño absoluto sino como un administrador que rinde cuentas a quien se la entregó. El Laudato Si' del papa Francisco (2015) cita el Salmo 8 en este sentido: el cuidado de la creación es una consecuencia de la dignidad que Dios ha concedido al ser humano, no una contradicción con ella.
El Salmo 8 en el Nuevo Testamento: la lectura cristológica de Hebreos 2
El Salmo 8 es uno de los salmos más citados en el Nuevo Testamento, y su uso en la carta a los Hebreos es especialmente significativo. Hebreos 2:6-9 cita los versículos 5-7 del salmo y los aplica a Jesucristo: «Alguien en algún lugar ha dado testimonio diciendo: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre para que te cuides de él? Lo hiciste un poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y honor. Pero no vemos todavía que todo esté sometido a él. Pero a Jesús, que fue hecho un poco inferior a los ángeles por haber sufrido la muerte, sí lo vemos coronado de gloria y honor.»
La lectura de Hebreos parte de una observación realista: si leemos el Salmo 8 y luego miramos al mundo, no vemos que «todo esté sometido bajo los pies» del ser humano. Hay sufrimiento, muerte, fracaso del dominio prometido. La carta a los Hebreos resuelve esta tensión con una identificación: el «hombre» del Salmo 8 que recibe el señorío universal no es el ser humano genérico sino un ser humano concreto, Jesús, que «fue hecho un poco inferior a los ángeles» en su encarnación y pasión, y que en la resurrección recibe definitivamente la «gloria y honor» prometidos.
Esta lectura cristológica no cancela la lectura antropológica: es una doble realización. El ser humano tiene una dignidad que el pecado no ha destruido pero que tampoco se realiza plenamente hasta que se une a Cristo. San Pablo desarrolla la misma teología con el concepto de «segundo Adán» (1 Cor 15:27 cita también el Salmo 8): lo que el primer Adán no logró cumplir, Cristo lo cumple y, en él, todos los que están unidos a él.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo se reza el Salmo 8 en la Liturgia de las Horas?
¿Qué significa «poco inferior a los ángeles» en el Salmo 8?
¿Por qué el Salmo 8 pregunta «¿qué es el hombre»?
¿Cómo se relaciona el Salmo 8 con la ecología?
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