Oraciones básicas católicas
Las oraciones que todo católico aprende de niño y reza durante toda la vida. Forman el núcleo de la oración personal y litúrgica: el Padre Nuestro que enseñó Jesús, el Ave María bíblica, el Credo de la fe común, y las que las acompañan.
El Credo — oración de fe cristiana
La profesión de fe más antigua y universal de la Iglesia. Se recita en la Misa dominical, en el bautismo y al rezar el rosario. Dos versiones principales: la Apostólica (breve) y la Niceno-Constantinopolitana (más extensa).
Oración al Espíritu Santo
Se reza al comenzar cualquier decisión importante, al estudiar, antes de tomar la palabra en público, o simplemente para pedir a Dios la luz necesaria para el día. La más antigua de sus versiones se llama «Veni, Sancte Spiritus» y data del siglo XIII.
El Padre Nuestro
La oración que el propio Jesús enseñó a sus discípulos cuando le pidieron «enséñanos a orar» (Lucas 11, 1). Es la oración más universal del cristianismo: la rezan católicos, ortodoxos y protestantes, desde hace dos mil años, en todas las lenguas del mundo.
El Ave María
La oración mariana por excelencia. Une dos saludos del Evangelio —el del ángel Gabriel a María y el de Isabel en la Visitación— con la súplica de la Iglesia a María como Madre de Dios. Es la oración más rezada del cristianismo después del Padre Nuestro.
Gloria al Padre
Tres segundos de alabanza a la Santísima Trinidad. La doxología más rezada del cristianismo, presente en cada decena del rosario, al final de cada salmo del oficio divino, y como cierre habitual de la oración personal. Su brevedad esconde mil seiscientos años de definición dogmática.
Salve Regina
Antífona mariana del siglo XI que cierra el rosario y las Completas de la Liturgia de las Horas. Atribuida tradicionalmente a Hermann el Tullido, monje benedictino de Reichenau. Es la más conocida de las cuatro grandes antífonas marianas con que la Iglesia despide cada noche a María.
Acto de Contrición
La oración de arrepentimiento que la Iglesia católica reza antes de cada confesión sacramental y como cierre habitual de la oración de la noche. Su fórmula tradicional viene del Catecismo Romano de san Pío V (1566) y fija en pocas líneas la doctrina del Concilio de Trento sobre la penitencia.