De Oración
Salmos bíblicos

Salmo 1

«Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos»: el Salmo 1 no es solo el primero del Salterio por orden numérico. Es su umbral deliberado, su declaración de intenciones. Dieciocho versículos divididos en tres estrofas presentan las dos grandes opciones de la vida humana: el camino del justo, arraigado en la Ley del Señor como árbol junto al agua, y el camino del impío, ligero y sin raíces como la paja que el viento arrastra.

Redacción de De OraciónPublicado el 27 ago 2026Revisado el 27 ago 20266 min de lectura✦ Fuentes litúrgicas citadas

Libro de los Salmos · versión litúrgica (Liturgia de las Horas). Salmo introductorio que abre el Salterio.

Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor
y medita su ley día y noche.

Él es como un árbol
plantado junto a la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende, prospera.

No así los impíos:
son como paja que arrebata el viento.
Los impíos no resistirán en el juicio,
ni los pecadores en la asamblea de los justos;
porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.
Audio narrado

El salmo umbral: por qué el Salterio abre con las dos vías

El Salmo 1 no tiene título en el texto hebreo, a diferencia de la mayoría de los salmos que llevan encabezados con el nombre de su autor o su circunstancia. Esta ausencia no es un olvido: es una elección editorial deliberada. Los compiladores del Salterio lo pusieron en primera posición para que funcionara como pórtico de todo lo que sigue. Antes de entrar en la oración del Salterio, el orante debe detenerse en la pregunta que plantea el Salmo 1: ¿cuál es el camino de tu vida?

La estructura del salmo gira sobre dos personajes anónimos: el justo (tsadiq en hebreo) y el impío (rasha). La primera estrofa (vv. 1-3) describe al justo en tres movimientos negativos y uno positivo: no hace tal cosa, no hace tal otra, no hace la de más allá... y entonces sí: su gozo es la Ley del Señor (Torah). La Ley aquí no es un código de prohibiciones sino la revelación de Dios, la Palabra que orienta. Quien se orienta por ella es como un árbol plantado junto a la acequia, imagen agrícola de estabilidad, arraigo y vida garantizada incluso en las temporadas de sequía.

La segunda estrofa (vv. 4-5) describe al impío con una sola imagen: paja al viento. El contraste con el árbol es total. El árbol tiene raíces, lugar, permanencia, fruto. La paja no tiene nada de eso: no tiene peso, no tiene destino, su movimiento depende enteramente de lo que sople afuera. La tercera estrofa (v. 6) resume con precisión casi aforística: el Señor conoce el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal. La palabra hebrea «conoce» (yada) en el contexto bíblico no designa conocimiento intelectual sino relación personal, presencia activa. El Señor camina con el justo; el impío camina solo.

«Medita su ley día y noche»: la lectio divina antes del concepto

La expresión central del Salmo 1 que más ha influido en la espiritualidad cristiana es la del versículo 2: el justo «medita su ley día y noche». El verbo hebreo usado es hagah, que en otras partes del Antiguo Testamento designa el murmullo de una paloma (Is 38:14) o el rugido de un león (Is 31:4). No es una meditación en silencio interior: es una recitación en voz baja, musitada, corporalmente comprometida. El texto se mueve por los labios.

Esta práctica es el antecedente directo de lo que en la tradición monástica cristiana se llamará lectio divina: la lectura orante de la Escritura en que el texto se mastica despacio, se repite, se deja resonar hasta que la Palabra del libro se convierte en palabra interior. San Benito de Nursia, en su Regla del siglo VI, establece que los monjes han de dedicar varias horas al día a la lectio; y la forma en que la describe — con los labios que murmuran, con el cuerpo que se implica — es fiel al hagah del Salmo 1.

Los Padres de la Iglesia relacionaron la meditación «día y noche» con el salmo 118 (119 en la numeración hebrea), el gran salmo alfabético en alabanza de la Ley, que también usa el mismo verbo. Juntos, el Salmo 1 y el 118 forman los pilares del Salterio: el 1 abre con la pregunta del camino, el 118 despliega durante ciento setenta y seis versículos la respuesta. La meditación de la Ley no es un ejercicio intelectual sino una forma de vida: vivir con la Palabra en la boca, dejar que ella configure el pensamiento y la acción.

El Salmo 1 en la Liturgia de las Horas y la tradición cristiana

En la Liturgia de las Horas del rito romano, el Salmo 1 aparece en las Laudes del domingo de la primera semana del ciclo de cuatro semanas. Su presencia dominical no es arbitraria: el domingo es el primer día de la semana y el día de la Resurrección, el momento en que la Iglesia recomienza su tiempo litúrgico. Abrir el domingo con el Salmo 1 es reafirmar, al inicio de cada semana, la elección fundamental del creyente.

La tradición cristiana leyó el salmo en clave cristológica desde los primeros siglos. San Agustín, en sus Enarrationes in Psalmos, interpreta al «hombre dichoso» que no sigue el consejo de los impíos como Cristo mismo: el único que cumplió perfectamente la bienaventuranza del versículo 1 es Jesús, que nunca cedió a las tentaciones del mal. En un segundo nivel, el hombre justo es todo el que se injerta en Cristo a través del bautismo y la Escritura. La imagen del árbol junto a la acequia la lee como el bautizado que recibe continuamente el agua del Espíritu.

El contexto judío del salmo, por su parte, lo sitúa en el ámbito de la Sapienza (literatura sapiencial): no es una oración en primera persona, sino una enseñanza sobre el camino correcto de vida, en la línea del Libro de los Proverbios o del Sirácide. Esta doble dimensión, sapiencial y orante a la vez, explica por qué el Salmo 1 funciona tan bien como umbral del Salterio: invita a leer todo lo que sigue no solo como devoción personal sino como instrucción sobre cómo vivir.

Preguntas frecuentes

¿Quién escribió el Salmo 1?
El Salmo 1 carece de encabezado en el texto hebreo, a diferencia de la mayoría de los salmos que tienen títulos con el nombre del autor (David, Asaf, los hijos de Coré) o circunstancias históricas. La ausencia de título es deliberada: los compiladores del Salterio lo usaron como pórtico anónimo de toda la colección. Los exegetas modernos lo datan en el período posexílico (siglos V-IV a.C.) y lo atribuyen a los círculos sapienciales que editaron el Salterio final.
¿Qué significa «dichoso» en el Salmo 1?
La palabra hebrea traducida como «dichoso» es ashrei, un término de difícil traducción que en castellano antiguo se vertía como «bienaventurado» (forma familiar por las Bienaventuranzas del Sermón de la Montaña). No designa simplemente la felicidad subjetiva, sino el estado objetivamente bueno de quien vive conforme a la realidad de las cosas. El ashrei no se siente necesariamente: se tiene. Alguien puede estar en un estado objetivamente dichoso incluso en el sufrimiento, si vive orientado hacia el bien.
¿Cuándo se reza el Salmo 1 en la liturgia?
La Liturgia de las Horas lo asigna a las Laudes del domingo de la primera semana del ciclo cuaternario. Al rezarlo el primer día de la semana, la Iglesia recomienza cada semana con la pregunta fundamental del camino: ¿quién es el hombre dichoso y cuál es su camino? También se usa como salmo responsorial en el Leccionario de algunas solemnidades y en la Misa del Miércoles de Ceniza, que inaugura la Cuaresma.
¿Qué es la «ley del Señor» que menciona el Salmo 1?
En el contexto hebreo, la «ley» (Torah) no designa primariamente un código de normas sino la instrucción o enseñanza de Dios sobre cómo vivir. Incluye los cinco libros de Moisés, pero también, en sentido más amplio, toda la Palabra de Dios que orienta la vida humana. La tradición cristiana, desde san Pablo (Rm 10:4), identificó a Cristo como la plenitud de la Torah: quien medita en Cristo medita en la Ley del Señor en su forma más plena.

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