De Oración
Salmos bíblicos

Salmo 25

«Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas»: el Salmo 25 es la oración del que sabe que no conoce el camino y pide que se lo enseñen. No es el grito del que está en peligro inmediato ni el himno del que acaba de ser librado: es la oración habitual del discípulo que reconoce su ignorancia y confía en que Dios le va a enseñar. También es el único salmo del primer libro del Salterio que pide explícitamente el perdón de los pecados de la juventud.

Redacción de De OraciónPublicado el 13 sept 2026Revisado el 13 sept 20266 min de lectura✦ Fuentes litúrgicas citadas

Libro de los Salmos · versión litúrgica (Liturgia de las Horas). Salmo de enseñanza y penitencia; se usa en el primer domingo de Adviento (año C) y en Cuaresma.

Hacia ti, Señor, levanto mi alma,
Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado,
que no triunfen de mí mis enemigos.

Todos los que esperan en ti no quedan defraudados,
quedará defraudado el que traiciona sin motivo.

Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas.
Encamíname en tu verdad, enséñame,
porque tú eres el Dios de mi salvación,
y en ti espero todo el día.

Recuerda, Señor, tu ternura y tu misericordia,
que son eternas.

No recuerdes los pecados ni las culpas de mi juventud;
recuérdame según tu amor,
por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y recto
y enseña el camino a los pecadores;
encamina a los humildes en la rectitud,
enseña su camino a los humildes.

Las sendas del Señor son misericordia y lealtad
para los que guardan su alianza y sus mandatos.

Por tu nombre, Señor,
perdona mi culpa, aunque es grande.

¿Hay quien tema al Señor?
Le enseñará el camino que debe seguir.
Su vida marchará en el bienestar
y sus descendientes heredarán la tierra.

El Señor es amigo de sus fieles
y les da a conocer su alianza.

Mis ojos están puestos en el Señor,
que sacará mis pies de la red.

Vuélvete a mí, ten compasión,
porque estoy solo y afligido.
Ensancha mi corazón angustiado,
sácame de mis angustias.

Mira mi aflicción y mi trabajo,
perdona todos mis pecados.

Mira cuántos son mis enemigos,
con qué odio violento me aborrecen.
Guarda mi alma, líbrame;
no quede yo defraudado, porque me refugio en ti.

La integridad y la rectitud me guarden,
porque espero en ti.

¡Oh Dios, redime a Israel
de todas sus angustias!
Audio narrado

«Señor, enséñame tus caminos»: la espiritualidad del discípulo

El Salmo 25 es, en su estructura profunda, la oración del discípulo. La palabra hebrea que se traduce como «enséñame» o «instrúyeme» (yarah, horéni) tiene la misma raíz que Torah: la enseñanza de Dios no es un conjunto de normas abstractas sino un camino concreto que hay que aprender a andar. El orante no dice «dame fuerza» ni «protégeme de mis enemigos»: dice «enséñame». Esta postura de apertura a la instrucción divina es el rasgo más característico del salmo.

El verbo «levantar el alma» del primer versículo (shasa naphshi, literalmente «elevar mi ser entero») indica el acto de la oración como un movimiento ascendente de toda la persona hacia Dios, no solo de la mente o las palabras. San Juan de la Cruz usó esta imagen para describir la oración contemplativa: no el pensamiento que piensa en Dios sino la vida que se orienta hacia él como el girasol hacia la luz.

El salmo está escrito en la Biblia hebrea como un acróstico: cada versículo empieza con una letra diferente del alfabeto hebreo, en orden. Esta estructura artificial tiene un propósito: la totalidad del alfabeto representa la totalidad de lo que puede decirse. El orante no quiere hablar de una parte de su vida sino de toda ella. La oración del Salmo 25 es una oración sin reservas, que pone todo lo que el hombre puede expresar en el lenguaje al servicio de la relación con Dios.

«No recuerdes los pecados de mi juventud»: el arrepentimiento por el pasado

El versículo 7 es uno de los más citados del salmo y de los más transparentes emocionalmente: «No recuerdes los pecados ni las culpas de mi juventud; recuérdame según tu amor, por tu bondad, Señor». La petición reconoce que hay un pasado del que el orante no está orgulloso, un tiempo en que eligió mal, actuó sin madurez o se alejó de Dios. No pide que ese pasado no haya existido sino que Dios no lo tome como criterio para juzgarlo ahora.

Esta petición ha resonado en la oración de millones de creyentes que llevan el peso de decisiones pasadas, heridas infligidas a otros o años vividos de espaldas a la fe. El salmo no propone la negación del pasado ni el olvido forzado: propone que la misericordia de Dios sea más determinante que el historial personal. «Recuérdame según tu amor» es la formulación más precisa del acto de contrición que existe en el Salterio: no «olvida lo que hice» sino «mira lo que eres tú».

El salmo usa dos palabras distintas para el amor de Dios que son inseparables en la tradición bíblica: hesed (misericordia, fidelidad de alianza, amor incondicional) y rahamim (compasión, literalmente «amor de entrañas», el amor de la madre por el hijo). Ambas aparecen en el versículo 6 («ternura y misericordia») y en el versículo 7 («amor» y «bondad»). La liturgia latina ha traducido hesed en algunos contextos como misericordia y en otros como gracia, pero la carga semántica hebrea incluye la fidelidad de quien no rompe la alianza aunque el otro la haya roto.

El Salmo 25 en Adviento y Cuaresma: liturgia y esperanza

El Salmo 25 es el salmo responsorial del primer domingo de Adviento del año C en la Liturgia de la Palabra del rito romano. Este uso litúrgico no es arbitrario: el Adviento es el tiempo de la espera, y ningún salmo expresa mejor la actitud de la espera que el Salmo 25. «En ti espero todo el día» es el versículo que la Liturgia de las Horas toma como antífona de repetición en ese domingo. La espera del orante del salmo y la espera de la Iglesia que aguarda la Navidad se funden en una sola actitud.

El salmo también aparece en la Liturgia de las Horas del primer domingo de Cuaresma y en oficios de feria a lo largo del año litúrgico. Su doble registro, penitencial y confiado, lo hace apropiado para ambos tiempos: tiene la conciencia del pecado de la Cuaresma («no recuerdes los pecados de mi juventud») y la esperanza activa del Adviento («en ti espero todo el día»).

El versículo 14 («el Señor es amigo de sus fieles y les da a conocer su alianza») ha sido citado por la tradición mística como descripción de la oración de intimidad con Dios: no un conocimiento intelectual de los mandamientos sino la experiencia de ser tratado como un amigo al que se le confían los secretos. San Juan de Ávila, en su comentario a los salmos, señalaba que el conocimiento de la alianza que el Señor comunica a sus fieles no es un saber sino un vivir: conocer la alianza de Dios es vivir dentro de ella, como el pez que conoce el agua no porque la haya estudiado sino porque respira en ella.

Preguntas frecuentes

¿El Salmo 25 es el mismo que el Salmo 24?
Sí. El Salmo 25 es la numeración del texto hebreo masorético (base de las traducciones modernas, incluida la CEE). El Salmo 24 es la numeración de la Septuaginta griega y la Vulgata latina, usada en las ediciones litúrgicas históricas. Esta diferencia de numeración afecta al bloque central del Salterio y explica que el mismo salmo aparezca con distintos números en distintas ediciones.
¿Cuándo se reza el Salmo 25 en la liturgia?
Es el salmo responsorial del primer domingo de Adviento del año C en el rito romano, con el versículo «A ti, Señor, levanto mi alma» como antífona. También aparece en la Liturgia de las Horas durante el tiempo de Cuaresma. Su uso litúrgico lo vincula a los tiempos penitenciales y de espera del año cristiano.
¿Qué significa «hacia ti levanto mi alma»?
La expresión hebrea shasa naphshi (levanto mi alma o elevo mi ser) designa el acto de la oración como un movimiento de toda la persona hacia Dios, no solo de la mente o de las palabras. El alma en el sentido bíblico no es solo la parte espiritual del hombre sino la persona entera en su vitalidad. Levantar el alma es orientar la vida completa hacia Dios.
¿Por qué el Salmo 25 pide perdón por los pecados de la juventud?
El versículo 7 («no recuerdes los pecados ni las culpas de mi juventud») reconoce que hay un pasado del que el orante no está orgulloso. La petición no pide que ese pasado no haya existido sino que Dios no lo tome como criterio definitivo: «recuérdame según tu amor» es la formulación clave. La misericordia de Dios debe ser más determinante que el historial personal. Esta petición ha resonado en la tradición penitencial de la Iglesia desde los primeros siglos.

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